Cada octubre, el mundo se viste de rosa. Empresas, instituciones y gobiernos promueven campañas que buscan crear conciencia sobre el cáncer de mama. Sin embargo, entre los lazos rosados, productos “solidarios” y mensajes esperanzadores, surge una crítica que merece atención: ¿hasta qué punto estas acciones representan un compromiso real con la salud de las mujeres?
La psicooncóloga Daniela Paz Rojas ha puesto el tema sobre la mesa al reflexionar sobre cómo el llamado pinkwashing puede transformar una causa legítima en una estrategia de imagen. Su planteamiento invita a analizar cómo, en muchos casos, el cáncer de mama se utiliza como un medio de promoción más que como un fin social o sanitario.
El lado superficial del activismo rosa
El término pinkwashing se refiere al uso del color rosa y los símbolos asociados al cáncer de mama como herramientas de marketing o reputación, sin que existan acciones concretas detrás.
Marcas que lanzan productos alusivos sin destinar recursos a la investigación, gobiernos que iluminan edificios sin fortalecer la atención oncológica y campañas que promueven la “concienciación” sin hablar de prevención real, son ejemplos de este fenómeno.
Detrás de la estética y los mensajes positivos, persisten problemas estructurales:
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Falta de inversión en sistemas de salud pública.
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Escasa investigación con enfoque de género.
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Barreras económicas y geográficas para acceder a diagnóstico y tratamiento.
El riesgo es que la visibilidad se quede en la superficie, mientras las causas profundas de desigualdad y desatención siguen intactas.
Del marketing a la responsabilidad social
Abordar el cáncer de mama de manera ética implica acciones sostenidas y medibles.
Más allá de las campañas de temporada, la verdadera solidaridad se refleja en políticas públicas, inversión en investigación, programas de detección temprana y acompañamiento psicológico integral para pacientes y familiares.
La participación del sector privado también puede ser significativa, siempre que se base en transparencia, coherencia y compromiso con la salud pública. Las empresas pueden ser aliadas valiosas si sus iniciativas se traducen en aportes verificables y no en simples estrategias de marketing.
Formas reales de apoyar la causa
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Informarse con fuentes médicas confiables.
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Donar directamente a organizaciones transparentes y con trayectoria.
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Promover programas de detección gratuita y educación preventiva.
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Escuchar las voces de pacientes, sobrevivientes y profesionales de la salud.
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Incorporar políticas laborales sensibles al cáncer en empresas e instituciones.
El cambio requiere más que empatía visual: necesita inversión, educación y voluntad política.
Hablar de pinkwashing no significa rechazar el color rosa ni las campañas de sensibilización, sino exigir coherencia entre el mensaje y la acción.
Cada gesto, cada campaña y cada donación deben tener un propósito claro: mejorar la vida de las mujeres y fortalecer los sistemas de salud.
Como concluye la psicooncóloga Daniela Paz Rojas, “el cambio no se compra: se construye”.
Un recordatorio de que la verdadera empatía no se mide en likes ni en campañas estacionales, sino en compromiso sostenido con la salud y la dignidad.
