Por Dr. Miguel Rojas Agosto
Médico familiar y comunitario
El embarazo adolescente no es una cifra ni un fenómeno “cultural”; es una señal de alerta del sistema. Cada niña que llega a una consulta con una prueba positiva en la mano representa un sueño interrumpido, una escuela detenida y un país que llega tarde. Como médico familiar y como padre de una adolescente, no hablo de números, hablo de rostros, miedos y futuros en pausa.
En el primer nivel de atención vemos niñas cargando mochilas más pesadas que su edad: dentro no hay cuadernos, sino silencio, miedo y pruebas de embarazo. Y cada caso evidencia un mismo problema: falta de prevención, desprotección y ausencia de oportunidades.
El embarazo adolescente empobrece familias y sociedades
Cuando una adolescente se embaraza:
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No solo cambia su calendario, cambia la economía del hogar.
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Aumenta la deserción escolar y disminuyen las oportunidades laborales futuras.
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Se incrementa la dependencia económica, la pobreza y la sobrecarga familiar.
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A largo plazo, este escenario alimenta otros ciclos dolorosos: violencia, desigualdad y delincuencia juvenil.
Ante esta realidad, algunos proponen castigos y más cárceles. Yo propongo prevención, educación y salud primaria fortalecida. Es más humano y más barato.
El primer nivel de atención: la inversión más inteligente
Fortalecer el primer nivel de atención en salud es la estrategia más efectiva para reducir el embarazo adolescente y sus consecuencias. No es un gasto; es una inversión con resultados medibles:
Costo evitado hoy: menos partos complicados, cesáreas y hospitalizaciones.
Ingreso protegido mañana: más años de educación y mejor empleabilidad.
Recaudación futura: más adultos productivos pagando impuestos.

Cuatro acciones urgentes para proteger a nuestras niñas
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Identificación y seguimiento personalizado
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Adscripción real de adolescentes a las UNAP.
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Carpetas familiares activas y mapeo de riesgos: deserción escolar, uniones tempranas, violencia.
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Consulta adolescente amigable y confidencial
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Consejería sin juicios.
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Tamizaje de salud mental, abuso y coerción.
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Anticoncepción eficaz disponible el mismo día: implantes, DIU y anticoncepción de emergencia.
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Trabajo comunitario y educación integral en sexualidad
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Promotores de salud, clubes juveniles y alianzas con escuelas.
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Educación sexual científica, no moralista: una vacuna social contra el embarazo no intencional y el abuso.
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Rutas de protección que funcionen
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Todo embarazo en menores de 15 años debe activar de inmediato a CONANI, fiscalía y servicios especializados. No es un dato más: es una emergencia legal y ética.
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Metas claras, presupuesto real y seguimiento público
Para cambiar la historia de nuestras niñas se necesitan acciones con resultados verificables:
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Cobertura: 90% de adolescentes adscritas y con consejería al menos dos veces al año.
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Acceso: disponibilidad continua de anticonceptivos LARC y colocación el mismo día en UNAP.
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Educación y protección: convenios con escuelas, becas puente y reingreso escolar posparto.
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Transparencia: indicadores públicos trimestrales sobre embarazo adolescente, uso de anticonceptivos, derivaciones por violencia y salud mental.
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Pago por resultados: financiar con incentivos a quienes previenen más y mejor.
Porque no son cifras. Son niñas.
El embarazo adolescente no ocurre por casualidad: se produce en contextos que toleran la desigualdad, la desinformación y la violencia. Si queremos reducir la pobreza y la delincuencia, empecemos protegiendo la adolescencia.
Invertir antes del daño es más humano, más económico y, sobre todo, más justo.
Porque a las niñas no se les falla: se les protege, se les escucha y se les abre futuro.
