Dolor crónico: la enfermedad invisible que transforma vidas y afecta la salud mental

Internacionales News

Una de cada cuatro personas en España vive con dolor crónico, una condición que puede limitar la capacidad laboral, alterar el sueño y deteriorar el bienestar emocional. Especialistas advierten sobre la importancia del diagnóstico oportuno y la atención multidisciplinaria.

Vivir con dolor todos los días, sin saber cuándo llegará el alivio, es una realidad para millones de personas. El dolor crónico, considerado una de las condiciones de salud más incapacitantes, no solo afecta el cuerpo: también transforma las relaciones personales, la vida laboral, el descanso y la estabilidad emocional de quienes lo padecen.

En España, aproximadamente una de cada cuatro personas convive con esta condición, según datos del Observatorio del Dolor de la Universidad de Cádiz y la Fundación Grünenthal. Su impacto trasciende el ámbito clínico: el 32,3 % de los pacientes ha tenido que abandonar su actividad laboral, mientras que miles enfrentan dificultades para acceder a tratamientos especializados.

Detrás de estas cifras existen historias de personas que han visto cambiar radicalmente sus proyectos de vida.

Cuando el dolor se convierte en parte de la vida

Blanca Ortiz, de 28 años, lleva ocho conviviendo con un dolor persistente que comenzó tras una intervención quirúrgica para corregir una malformación congénita en una vértebra lumbar.

En septiembre de 2018 ingresó caminando al quirófano, pero dos meses después regresó a su hogar sin poder hacerlo de manera independiente. Durante aproximadamente un año permaneció en una cama articulada, con un dolor que calificaba con la máxima intensidad en una escala de diez puntos.

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Ni siquiera los analgésicos opioides lograban proporcionarle un alivio suficiente.

Una segunda intervención le permitió recuperar la movilidad y retomar temporalmente sus estudios, su trabajo y otras actividades. Sin embargo, en 2023 reapareció el dolor intenso, obligándola a enfrentar una nueva realidad.

Actualmente recibe atención especializada y utiliza un dispositivo de estimulación de la médula espinal, una tecnología que busca modificar la transmisión de las señales dolorosas mediante impulsos eléctricos.

A pesar del tratamiento, continúa experimentando dolor intenso y fatiga persistente.

Su experiencia la llevó a crear el perfil de redes sociales La otra cara del dolor, desde donde comparte información sobre una enfermedad que muchas veces pasa inadvertida para quienes no la padecen.

¿Qué es el dolor crónico y por qué ocurre?

El dolor crónico se define generalmente como aquel que persiste o reaparece durante más de tres meses. Puede estar relacionado con lesiones, enfermedades musculoesqueléticas, alteraciones neurológicas, intervenciones quirúrgicas y otras condiciones de salud.

A diferencia del dolor agudo, que habitualmente funciona como una señal de alerta ante una lesión o enfermedad, el dolor crónico puede persistir incluso después de que el tejido afectado haya sanado.

En algunos pacientes intervienen cambios en el procesamiento de las señales dolorosas por parte del sistema nervioso, fenómeno que puede aumentar la sensibilidad y contribuir a la persistencia del malestar.

Desde 2019, la Clasificación Internacional de Enfermedades de la Organización Mundial de la Salud reconoce el dolor crónico como una categoría diagnóstica, diferenciando entre dolor crónico primario y secundario.

El doctor Javier de Andrés, responsable de la Unidad del Dolor del Hospital Universitario La Paz, en Madrid, explica que una de las principales dificultades es la ausencia de una herramienta capaz de medir objetivamente toda la experiencia dolorosa.

Por esta razón, la evaluación clínica depende en gran medida de lo que comunica el paciente, complementado con la exploración médica y otros estudios cuando están indicados.

La falta de signos externos visibles no significa que el dolor sea inexistente o menos incapacitante.

El impacto silencioso en la salud mental

Las consecuencias del dolor crónico van mucho más allá de las limitaciones físicas.

Según los datos citados del Barómetro del Dolor Crónico en España, el 22,2 % de los pacientes presenta depresión y el 27,6 % experimenta ansiedad.

La persistencia del dolor, la alteración del sueño, el agotamiento y la incertidumbre sobre la evolución de la enfermedad pueden afectar profundamente la salud emocional.

Lara González, de 52 años, conoce esta realidad desde hace dos décadas. Tras una cirugía de muñeca comenzó a experimentar un dolor intenso y continuo en uno de sus brazos.

Durante años intentó mantener su rutina laboral mientras recibía tratamientos analgésicos. Finalmente, las limitaciones físicas la llevaron a obtener una incapacidad laboral y a replantearse decisiones personales, incluida la maternidad.

Su historia refleja cómo el dolor persistente puede modificar proyectos familiares, relaciones sociales y expectativas de futuro.

Los especialistas destacan que la ansiedad y la depresión pueden coexistir con el dolor crónico e influir en su intensidad y en la capacidad de afrontamiento, sin que esto signifique que el dolor sea imaginario o exclusivamente psicológico.

Diagnóstico tardío: una barrera para el tratamiento

Uno de los principales desafíos es el tiempo que transcurre antes de recibir atención especializada.

De acuerdo con los datos del barómetro español citados en el reportaje, la espera media para una primera consulta en una Unidad del Dolor alcanza los 10,5 meses.

Además, el 38 % de los pacientes tarda entre uno y cinco años desde el inicio de los síntomas hasta su derivación a una unidad especializada.

Estos retrasos pueden prolongar el sufrimiento, aumentar las limitaciones funcionales y dificultar la recuperación, aunque no todos los episodios de dolor persistente evolucionan de la misma manera.

La identificación temprana de los factores físicos, psicológicos y sociales asociados al dolor permite diseñar estrategias terapéuticas adaptadas a cada paciente.

Tratamiento integral: más allá de los analgésicos

El abordaje del dolor crónico requiere, en muchos casos, la participación coordinada de profesionales de diferentes especialidades.

Alexandra Alonso, cofundadora del Instituto Nacional del Dolor, destaca la importancia de integrar cinco áreas de atención: medicina, fisioterapia, actividad física, psicología y nutrición.

Este enfoque busca no solamente disminuir la intensidad del dolor, sino también mejorar la movilidad, recuperar funciones, favorecer el descanso y fortalecer la calidad de vida.

Dependiendo del diagnóstico y de las necesidades individuales, las opciones terapéuticas pueden incluir medicamentos, rehabilitación física, intervenciones psicológicas, procedimientos especializados y técnicas de neuromodulación.

Los opioides y otros tratamientos invasivos requieren una valoración cuidadosa de sus posibles beneficios, riesgos y resultados a largo plazo.

En determinados casos, el objetivo no es eliminar por completo el dolor, sino lograr que la persona recupere autonomía y participe nuevamente en actividades importantes para su bienestar.

Una enfermedad que necesita mayor comprensión

El dolor crónico representa también un desafío social y sanitario por su impacto sobre la productividad, los costos asistenciales y la necesidad de servicios especializados.

Sin embargo, una de las mayores dificultades continúa siendo la falta de comprensión hacia quienes conviven con esta condición.

Muchos pacientes enfrentan cuestionamientos porque sus síntomas no son evidentes a simple vista, lo que puede aumentar el aislamiento y el sufrimiento emocional.

Las experiencias de Blanca Ortiz y Lara González muestran que el dolor persistente puede cambiar profundamente una vida, pero también evidencian la importancia del acompañamiento médico, el apoyo psicológico y las redes de apoyo.

Reconocer el dolor crónico como un problema de salud que requiere atención integral es fundamental para reducir sus consecuencias y mejorar la calidad de vida de millones de personas.

La prioridad debe ser escuchar al paciente, evaluar oportunamente sus síntomas y garantizar el acceso a tratamientos basados en evidencia científica.

Fuente: El País

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